No hay dos atardeceres iguales y a mi me gustaba perderme entre la gente cuando la tarde se iba al carajo y como quiera que soy un ser eminentemente urbano me mimetizaba con la multitud. Ahora queda aún lejos pero volverán días así, de funcionar el antídoto, y yo volveré a perderme ahí de nuevo. Mientras tanto me pierdo entre los coches que regresan de seguro continentes de cuerpos cansados de vuelta a una noche cansina y desganada hasta la jornada siguiente.
Cuelgo a otra de mis heroínas cantando sin desentonar con el color del cielo y el ambiente pesado, hoy más oscuro que la mostaza pero igual de denso. Juguete roto y recompuesto a duras penas que decidió un día aquello de; "al mal tiempo, buena cara y se puso a cantar" y a mi me pone los pelillos como escarpias. Por eso cuando me voy a pasear como ahora y me duele, pienso que más le debe doler a ella y ahí está recorriendo el mundo. Con nuestros respectivos bastones, a cuestas.

