Desde hace dos días al menos he vuelto a sentir esa sensación que tanto me agradaba y que recuerdo desde pequeño cuando llegaba el otoño y lego el invierno con sus lluvias. Me encantaba sentarme entonces junto a aquella ventana enorme que llegaba hasta el techo de madera surcado de vigas de ese mismo material de color caoba y escuchar el chapotear de la lluvia afuera. Y luego cuantas noches en ese mismo lugar ya con ella y con esa edad en que todo es bonito y parece que va a durar para siempre, también escuchando músicas y acurrucada ella entre mis brazos al escuchar la lluvia y el viento a ratos mientras yo le dibujaba historias góticas al calor del brasero.
Ahora frente a esta pantalla mientras escribo escucho la borrasca de turno gritar ahí afuera.
Y mi música.




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