Es lo que tiene la primavera, una noche infernal y coletazos matutinos, y al rato se abre el cielo y las luces se derraman dejando ver algún destello brillante en las gotas de agua que no se atreven del todo a caer de una que otra hoja.
Algún valiente que se atreve a cruzar el parque no sin mirar de continuo el cielo a ratos, lleno de nimbos amenazantes. Yo, no puedo dejar de esbozar una sonrisa maquiavélica y secreta tras la mascarilla.
Y es entonces cuando veo al galgo blanco. Y al cruzarnos, es por primera vez que le escuchó más de tres palabras, y me gusta, esa voz un tanto grave que reconozco, no podía esperar al darle los buenos días y devolverlos ella.
Me alejo pensando como esas palabras que al final no he oído, quizás más enfrascado en cómo se balanceaban en el éter y su tono que en lo que me han respondido.
Es posible que esperaba un sonido más agudo proveniente de ese cuerpo.
Pero me gusta, suena como música.






